¿Deberían pactar PSOE y PP para garantizar la gobernabilidad? Una reflexión necesaria

El debate sobre si PSOE y PP deberían alcanzar algún tipo de acuerdo para facilitar la gobernabilidad en España aparece cíclicamente, pero en los últimos años ha cobrado una relevancia especial. La fragmentación parlamentaria, la dependencia de partidos pequeños y la creciente polarización han convertido cada investidura en un ejercicio de funambulismo político. Desde mi punto de vista, la solución pasa por un pacto entre los dos grandes partidos: que gobierne la lista más votada y que el otro facilite la investidura, siempre sobre la base de unos acuerdos mínimos en cuestiones fundamentales. La idea no es nueva, pero sí cada vez más urgente.

Para entender el alcance de esta propuesta, conviene recordar que en muchos países europeos los grandes partidos han recurrido a pactos de Estado cuando la estabilidad estaba en juego. No se trata de fusionar proyectos ni de diluir identidades, sino de garantizar que el país pueda avanzar sin depender de formaciones que, en ocasiones, condicionan la agenda política con un peso parlamentario reducido. En España, sin embargo, esta posibilidad parece siempre fuera de alcance, como si la rivalidad histórica entre PSOE y PP impidiera cualquier entendimiento, incluso en momentos críticos.

La lógica detrás de este planteamiento es clara: si ambos partidos acordaran que gobierne la fuerza más votada y que el otro facilite la investidura, se reduciría la capacidad de bloqueo y se desactivaría la influencia desproporcionada de partidos minoritarios. Además, pactar unos mínimos —política exterior, financiación autonómica, educación, justicia— permitiría dar continuidad a políticas esenciales que hoy cambian con cada legislatura. Sería una forma de reforzar la estabilidad institucional y de recuperar la confianza de una ciudadanía cansada de la confrontación permanente.

El problema, sin duda, está en los liderazgos actuales. La dinámica política reciente ha premiado la polarización y ha castigado cualquier gesto de acercamiento. Tanto PSOE como PP temen que un pacto de este tipo sea interpretado como una traición a sus bases o como una renuncia a su identidad ideológica. La competición por ocupar el espacio central del tablero se ha convertido en una batalla simbólica que dificulta cualquier acuerdo transversal. Y, sin embargo, la paradoja es evidente: cuanto más se polarizan, más dependen de terceros actores para gobernar.

¿Hay esperanza? Quizá no a corto plazo, pero la política es menos estática de lo que parece. Los contextos cambian, los liderazgos se renuevan y las sociedades evolucionan. Lo que hoy parece imposible puede convertirse mañana en una necesidad asumida por todos. La presión social, el cansancio ante la inestabilidad y la evidencia de que el sistema actual genera bloqueos recurrentes podrían empujar, tarde o temprano, hacia fórmulas de cooperación entre los grandes partidos. No sería un pacto para siempre, ni un cheque en blanco, sino un mecanismo para garantizar que el país no quede atrapado en la aritmética parlamentaria.

En definitiva, la idea de un acuerdo entre PSOE y PP para facilitar la gobernabilidad no es una fantasía ingenua, sino una reflexión legítima sobre cómo fortalecer las instituciones en un escenario político fragmentado. La pregunta no es si es deseable, sino cuándo —y bajo qué circunstancias— los líderes políticos estarán dispuestos a asumir que, a veces, la responsabilidad de Estado exige mirar más allá del corto plazo.

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